Ella vendió todo para que sus hijos pudieran ganarse sus alas y, veinte años después, regresaron con uniformes de piloto para llevarla a un lugar que ella nunca se había atrevido a imaginar.
Doña Teresa tenía cincuenta y seis años y se quedó viuda mucho antes de estar preparada para serlo.
Su mundo giraba en torno a sus dos únicos hijos, Marco y Paolo. Vivían en las afueras de Toluca, en un barrio modesto donde las casas se adosaban unas a otras como hombros cansados. Su casa tenía paredes sin terminar y un techo de hojalata que vibraba durante las tormentas; la construyeron ladrillo a ladrillo junto a su esposo, quien trabajaba en la construcción dondequiera que pudiera encontrarlos.
Entonces, una tarde, todo se derrumbó.
Una estructura se derrumbó en el lugar donde trabajaba su esposo. No hubo una indemnización adecuada. Ni justicia rápida. Solo papeleo, condolencias y un silencio que pesaba más que el hormigón.
A partir de ese día, Teresa se convirtió en madre y padre.
No había ahorros. Ni negocio. Solo la pequeña casa y un pequeño terreno heredado de la familia de su marido.
Cada amanecer le recordaba lo que había perdido.
Pero también le recordó lo que quedaba.
Marco y Paolo.
Si había algo que nunca se desvanecía en esa casa, eran sus sueños.
