Cuando oí a mi marido decirles a sus amigos, entre carcajadas, que dudaba que «este matrimonio de pacotilla» durara otro año porque yo «ni siquiera estaba a su altura», algo se rompió dentro de mí, pero no en mi voz. Sonreí, levanté mi copa y, con una calma que dejó a todos boquiabiertos, respondí: «¿Para qué esperar un año? Acabemos con esto hoy mismo». Dejé el anillo en la barra y me marché sin mirar atrás. Esa noche, un mensaje de su mejor amigo me dejó sin aliento.
“Dudo que este matrimonio de pacotilla sobreviva otro año. Ella no está ni cerca de mi nivel.”
Las palabras de Javier resonaron en el bar como un cristal que se rompe, pero los únicos que parecieron oírlas fuimos yo y el camarero, que fingía secar los vasos. Sus amigos estallaron en carcajadas, dándole palmadas en la espalda como si acabara de marcar un gol para el Real Madrid.
Tenía en la mano una copa de vino blanco. Noté que me temblaban los dedos, así que apreté con más fuerza la copa. No iba a darles la satisfacción de verme ceder.
Sonreí. Esa sonrisa fría que solo se muestra cuando ya no queda nada que perder.
—¿Por qué esperar un año? —dije, mirándolo fijamente—. Terminemos con esto hoy mismo.
La mesa quedó en silencio por un instante; un silencio incómodo que ni siquiera la música del bar Malasaña podía disipar. Sergio soltó una risita nerviosa. Diego, el mejor amigo de Javier desde el instituto, desvió la mirada con incomodidad.
Javier arqueó una ceja, embriagado por el ego y la cerveza.
—No seas tan dramática, Lucía, era una broma —dijo, levantando la mano—. ¿Ves? Es sensible. A eso me refiero: no sigue mi ritmo.
—Perfecto —respondí, dejando mi vaso sobre la mesa—. Entonces cada uno puede seguir su propio camino.
Me levanté despacio, me puse la chaqueta de cuero y cogí mi bolso. Nadie se movió. Nadie dijo una palabra. Solo oí una tos ahogada y el murmullo de una pareja en el bar.
—Lucía, vamos, siéntate, no armes un escándalo —añadió Javier, sin siquiera molestarse en levantarse.
Lo miré una vez más. El hombre que había sido mi marido durante siete años: el brillante arquitecto, el muchacho de una familia adinerada de Salamanca, el que siempre decía que conmigo se había «casado con alguien de menor categoría». De repente lo vi con extraña claridad: pequeño, ridículo, rodeado de risas huecas.
—Esto no es un espectáculo —respondí—. Es tu final.
Y me fui.
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