“Lo siento”, “Exageré”, “Te extraño”, “Vuelve a casa y hablamos”, llenaban mi WhatsApp. Empezó a dejar flores en casa de mi hermana, a llamar a mis padres en Toledo, a aparecerse en la puerta de mi escuela.
Una tarde, al salir de clase, lo encontré apoyado contra mi coche con un ramo de rosas rojas.
—Lucía, por favor —dijo, acercándose—. Aquella noche fue una tontería. Ya sabes cómo somos los chicos cuando estamos con amigos.
Lo miré como si fuera un desconocido que me ofreciera un folleto en la calle.
“Exacto, Javier. Ahora lo sé.”
—Podemos ir a terapia, cambiar las cosas… —insistió, bajando la voz—. No vas a desperdiciar siete años por una frase sacada de contexto.
Pensé en la apuesta. En la “transición a una mujer de su nivel”. Una leve sonrisa asomó a mis labios.
—No los voy a tirar —respondí—. Los voy a usar.
Unos días después, Javier recibió un correo electrónico de su jefe convocándolo a una reunión urgente. Yo no estuve presente, pero Diego describió su rostro al salir de la oficina: pálido, con la mandíbula tensa. El estudio había recibido una carpeta anónima con copias de correos electrónicos, movimientos sospechosos en la cuenta y una queja formal de una persona afectada por sus comentarios sexistas. El contrato con el Barcelona quedó suspendido a la espera de una revisión.
Yo no había enviado la carpeta. Nuria se había encargado de todo, siguiendo los plazos legales como si estuviera dirigiendo una obra de teatro.
Poco después, comenzaron las negociaciones del divorcio. Javier llegó a la primera reunión con un traje arrugado y los ojos rojos.
—No tienes por qué complicarlo tanto —espetó cuando el abogado le explicó las condiciones.
—Tampoco tenías por qué convertir nuestro matrimonio en una apuesta —respondí con calma.
Sus ojos se clavaron en los míos, por primera vez sin arrogancia.
—¿Diego? —preguntó, apenas moviendo los labios.
No respondí. No hacía falta.
El acuerdo final fue mejor de lo que había imaginado: conservé el apartamento en Lavapiés, recibí una compensación económica razonable y, lo más importante, un documento en el que Javier renunciaba a cualquier reclamación futura. Su empresa no lo despidió, pero el proyecto de Barcelona se le adjudicó a otro arquitecto y su nombre dejó de mencionarse en reuniones importantes.
La última vez que lo vi fue cuando firmamos los papeles ante notario en un edificio antiguo de la calle Alcalá. Parecía que iba a decir algo, pero se tragó las palabras. Firmó. Yo también firmé. El notario levantó la vista, recitó las frases formales y, con eso, la farsa de matrimonio llegó oficialmente a su fin.
Afuera, Diego me estaba esperando, apoyado en una farola con un café para llevar en cada mano.
—¿Y ahora qué? —preguntó, entregándome uno.
Observé el tráfico, la gente que cruzaba la calle, el cielo nublado de Madrid. Javier seguía ahí, con su ego herido y su carrera en pausa. El mundo no se había acabado. Pero ya no tenía poder sobre el mío.
“Ahora no hay apuestas”, dije. “Solo decisiones”.
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