—De verdad, no tienes que hacerlo.
—Quiero hacerlo —dijo Jonathan, señalando su té abandonado—. De todos modos, estaba reuniendo el valor para presentarme.
Un ligero rubor apareció en sus mejillas, y su sonrisa ensayada se suavizó, volviéndose genuina.
—Evelyn Carter —dijo, extendiendo la mano—. Y estos tres son mi hermoso caos.
—Jonathan Hale —respondió él, sintiendo una cálida conexión entre sus palmas.
A espaldas de Evelyn, Lily, Nora y June le dieron un entusiasta pulgar hacia arriba.
Una mesa que había pasado desapercibida
La mesa de Evelyn, la número veintitrés, estaba escondida en un rincón, fácilmente inadvertida para cualquiera que no la buscara. Jonathan le apartó una silla, lo que provocó una mirada de sorpresa que sugería que tales gestos se habían vuelto raros en su vida.
Las chicas se sentaron, rebosantes de una emoción apenas contenida.
«Siempre les digo que no hablen con desconocidos», suspiró Evelyn.
«Pero se nos da muy bien», anunció Lily con orgullo.
Jonathan rió; su risa, extraña y reconfortante, fue como encontrar algo perdido en el bolsillo de un viejo abrigo.
La velada transcurrió con una inesperada naturalidad. Las chicas comentaban el ambiente con un toque dramático, Evelyn respondía a su humor con ingenio, y Jonathan se encontró escuchando más que en años.
Cuando el DJ llamó a todos a la pista de baile, Lily se irguió con autoridad.
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