“Voy a encargarle un ataúd de la más alta calidad”.

“Voy a encargar el mejor ataúd para ti”, susurró el marido al oído de su esposa, que estaba en coma, imaginando ya cómo gastaría su dinero… Pero en ese preciso instante, recibió un mensaje verdaderamente aterrador.

Hacía más de dos semanas que su esposa se encontraba en coma.

Tras el terrible accidente, no había recuperado la consciencia. La mantenían con vida únicamente con soporte vital. Los médicos fueron muy claros con el esposo: las posibilidades de recuperación eran casi nulas. Sería mejor considerar desconectar las máquinas para evitar prolongar su sufrimiento.

El marido asintió. Aceptó demasiado rápido.

Porque había estado esperando este día.

Había estado esperándolo durante mucho tiempo.

Frente a los médicos, representó un duelo perfecto. Con los hombros hundidos, la cabeza gacha, sus sollozos eran tan convincentes que una joven enfermera tuvo que enjugarse las lágrimas con discreción.

“Al menos déjame despedirme…”, suplicó con voz temblorosa. “Voy a perder al amor de mi vida…”

Los médicos estuvieron de acuerdo.

Entró solo en la habitación. Su esposa estaba allí, inmóvil. Parecía tranquila, casi viva, como si solo estuviera durmiendo. Solo el tubo en su garganta revelaba la verdad.

El marido se sentó a su lado. Notó que la enfermera en el pasillo lo observaba atentamente.

Así que actuó.

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