Nancy se giró bruscamente y se acercó. "Siéntate antes de que llame a seguridad".
Amara no lo hizo. "Me voy", dijo, tomando su bolso.
Entonces sucedió.
La mano de Nancy arremetió: una bofetada aguda y punzante en la mejilla de Amara. El sonido resonó por la habitación estéril. Por un instante, todo se congeló: los ojos abiertos de Amara, el pecho agitado de Nancy, las luces fluorescentes parpadeando en el cielo.
"¿Creen que pueden faltarme al respeto?", siseó Nancy. "A ver qué opina la policía". Cogió el teléfono de la pared y empezó a marcar.
Amara se apoyó contra la pared, con la cara ardiendo y las manos temblorosas sobre el vientre. "Por favor", susurró, "no he hecho nada".
Nancy habló por el auricular. «Sí, necesito un agente. Paciente violenta en la habitación 4. Mujer afroamericana. Está armando un escándalo».
La visión de Amara se nubló por las lágrimas. Su bebé pateaba con fuerza dentro de ella. Intentó respirar.
Quince minutos después, la puerta se abrió de golpe, pero no era la policía.
Era David Johnson , todavía con su uniforme de bomberos y las botas cubiertas de ceniza. Su rostro era una máscara de furia apenas contenida.
“¿Qué”, dijo lentamente, “¿le hiciste a mi esposa?”
La habitación quedó en silencio.
Parte 2:
David no esperó respuesta. Cruzó la habitación a grandes zancadas, proyectando una sombra sobre Nancy con su alta figura. Su voz era baja y controlada, de esas que te dejan sin aliento.
Nancy, ¿verdad? Mi esposa me llamó llorando. Dijo que la golpeaste.
Nancy se puso rígida. «Está mintiendo. Se puso agresiva. Tuve que defenderme...»
“¿Dándole una bofetada a una mujer embarazada?”
La voz de Nancy se quebró. «Estaba siguiendo el protocolo. Ella... ella me amenazó».
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