Victor Rowan estaba a punto de subirse a su elegante sedán negro cuando una voz tímida lo detuvo en las puertas de hierro de su extensa propiedad en el norte de California.
—Señor... ¿Busca una criada? Puedo limpiar, lavar ropa, cocinar... lo que sea. Por favor... mi hermanita no ha comido desde ayer.
El personal de seguridad ya estaba desplegándose, entrenado para detener escenas como esta antes de que se intensificaran. Víctor había recibido innumerables súplicas a lo largo de las décadas: historias cuidadosamente ensayadas, manos desesperadas, promesas hechas por necesidad. Había aprendido, desde pequeño y bien, a seguir adelante. En su mundo, detenerse significaba vulnerabilidad.
Normalmente no se habría dado la vuelta.
Pero esta voz era diferente.
No era exigente. No era dramático. Parecía frágil, como si pudiera derrumbarse si lo ignoraban.
Se detuvo y se enfrentó a la puerta.
Allí estaba una joven, apenas mayor que una adolescente, con una figura alarmantemente delgada bajo una chaqueta demasiado grande que le cubría los hombros. Llevaba los zapatos manchados de tierra, el pelo recogido a toda prisa, y algunos mechones sueltos enmarcaban un rostro marcado por un agotamiento que superaba con creces su edad.
Un bebé fue asegurado a su espalda.
No llevaba nada nuevo ni abrigado, solo una manta vieja y desgastada, cuidadosamente atada. El bebé parecía tranquilo, demasiado tranquilo. Víctor notó la leve elevación del pequeño pecho, la inquietante quietud.
La irritación lo recorrió. Esta era precisamente la clase de situación que sus medidas de seguridad pretendían prevenir.
Entonces su mirada cambió.
Justo debajo de la mandíbula de la niña, medio oculta por el cuello, había una marca pálida en forma de media luna.
Víctor se quedó congelado.
La respiración se le quedó atrapada en la garganta.
Él conocía esa marca.
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