A la mañana siguiente, fui directamente a una clínica privada y entregué la muestra a un técnico. Dos días después, el médico me llamó. Sonaba grave. «Señora Carter», dijo con suavidad, «el líquido que usted bebió contiene un sedante potente. Tomado con regularidad, puede provocar pérdidas de memoria y dependencia. La persona que le dio esto no buscaba ayudarla a dormir». La habitación empezó a dar vueltas. Seis años de calidez, cuidados y amor susurrado… y todo ese tiempo, me habían estado dando algo para mantenerme tranquila. Esa noche, no bebí el agua. Esperé. Ethan vino a acostarse y vio el vaso intacto. «¿Por qué no te lo has bebido?», preguntó. Esbocé una ligera sonrisa. «No tengo sueño esta noche». Él vaciló, con los ojos ligeramente entrecerrados. «Te sentirás mejor si lo bebes. Confía en mí». Por primera vez, vi algo frío detrás de su expresión dulce.
La verdad revelada
A la mañana siguiente, después de que se fuera a trabajar, revisé el cajón de la cocina. El frasco seguía allí: medio lleno, sin etiqueta. Con manos temblorosas, lo metí en una bolsa de plástico y llamé a mi abogada. En una semana, abrí una caja fuerte, trasladé mis ahorros y cambié las cerraduras de mi casa de la playa. Al anochecer, hice que Ethan se sentara y le dije lo que el médico había descubierto. Durante un largo rato, no dijo nada. Luego suspiró; no culpable, ni triste, sino como si yo hubiera estropeado algo que él cuidaba con esmero. «No lo entiendes, Lillian», dijo suavemente. «Te preocupas demasiado, piensas demasiado. Solo quería que te relajaras… que dejaras de envejecer por el estrés». Sus palabras me pusieron la piel de gallina. «¿Aletargándome?», pregunté. «¿Quitándome mi libre albedrío?». Él simplemente se encogió de hombros, como si no fuera nada grave. Esa fue la última noche que durmió bajo mi techo.
Un nuevo comienzo
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