Me levanté, me puse el abrigo y les deseé a todos una Feliz Navidad. No con ironía. Con calma. Como cerrar una puerta sin dar un portazo.
El viaje de regreso y lo que reflexionamos en silencio
A lo largo del camino, las decoraciones brillaban tras las ventanas de las casas. Familias reunidas, risas, luces cálidas. Y yo, a solas con mis pensamientos. Reflexioné sobre todo lo que había dado tan generosamente, convencida de que lo más importante era estar ahí. Siempre. Disponible. Fuerte.
Esa noche no lloré. Sentí sobre todo un cansancio inmenso. El cansancio de quien se da cuenta de que durante demasiado tiempo ha confundido el apoyo con la modestia.
Dos días después, el teléfono dejó de funcionar.

Cuando mi teléfono empezó a vibrar sin parar, al principio no lo entendí. Llamadas perdidas. Una y otra vez. Mensajes ansiosos, cada vez más urgentes. Dieciocho llamadas en tan solo unas horas. Fue entonces cuando supe que algo se había roto.
No fue una tragedia espectacular. Fue más discreta. Una cadena de acontecimientos mal anticipada. Un equilibrio construido sobre hábitos nunca cuestionados... y que de repente se debilitó.
