Se burló. "Janet", llamó a su asistente, lo suficientemente alto como para que se oyera en el vestíbulo, "otra persona intentando hacerse la lista con una tarjeta falsa".
Los clientes bien vestidos que estaban cerca rieron entre dientes. Algunos se taparon la boca, fingiendo moderación.
Margaret permaneció quieta. Tranquila. Cualquiera que prestara atención habría notado la seguridad en sus ojos, la clase de seguridad que se gana con décadas de resistencia.
Janet se acercó y susurró: "Señor, podríamos verificarlo en el sistema. Solo tomaría un momento".
"No", espetó Charles. "No perderé el tiempo con tonterías".
La despidió con un gesto.
Entonces algo cambió.
Margaret sonrió.
No con nerviosismo. No con disculpa. Era una sonrisa impregnada de recuerdos, una que hacía que la gente se detuviera sin entender por qué.
Por un breve instante, Charles sintió una opresión en el pecho. Una advertencia. Tenga cuidado. La ignoró.
Dos guardias de seguridad se acercaron, visiblemente incómodos.
“Señora”, dijo uno con suavidad, “el Sr. Hayes nos ha pedido que la acompañemos afuera”.
La mirada de Margaret se agudizó. Había crecido en la década de 1940. Entendía perfectamente lo que significaba antes “acompañar afuera”.
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