“¡Señor, esos gemelos están en el orfanato!” reveló el niño pobre al millonario de luto…

Victor tragó saliva. Estaba intentando mantenerse sereno, pero escuchar la descripción de lo que había sucedido removía algo profundo en él. No era culpa directa de nadie, pero sí el resultado de un sistema débil y saturado. Necesito regularizar la situación de inmediato dijo con determinación. Nuestros hijos no pueden quedar sin identidad dentro de un cierre administrativo. Necesito toda la información que tengan, incluso si es mínima.” La directora asintió. “Les proporcionaré todo lo que esté en nuestros archivos”, respondió.

“Aunque advierto que será poco, aún así haré lo posible para ayudarlos”. Victor respiró por primera vez en horas con una sensación distinta, no de alivio completo, pero sí de dirección. Lucía se acercó un poco más a la mujer. “Gracias por contarnos la verdad”, dijo con un tono suave, sin reproche. La directora bajó la mirada agradecida por la comprensión. “Haré lo que esté a mi alcance para corregir lo que se dejó sin resolver.” Victor asintió seguro. Había muchas cosas que aún no entendían, pero una decisión empezaba a tomar forma dentro de él.

iba a aclarar cada detalle, ordenar cada documento y asegurarse de que Santiago y Matías quedaran bajo su protección cuanto antes. Ese sería el siguiente paso. Victor salió de la oficina de la directora con una mezcla de urgencia y claridad interior. Ahora que sabía que los niños habían quedado fuera de cualquier registro formal, la prioridad era devolverles su identidad. No podía permitir que esas irregularidades siguieran marcando su destino. Lucía caminaba a su lado intentando mantener la calma. Tras la oleada de emociones vividas en la última hora.

Habían encontrado a sus hijos. Estaban vivos, pero aún quedaba una larga ruta por recorrer antes de que todo volviera a tener forma. regresaron a la habitación donde Santiago y Matías permanecían junto a Emiliano. Los niños estaban más tranquilos, aunque todavía se les veía temerosos frente a cualquier adulto desconocido. Emiliano hablaba con ellos en voz baja, como si les contara algo sencillo para distraerlos. Al ver a Victor y Lucía, los gemelos los miraron con atención. No se acercaron, pero tampoco mostraron rechazo.

Era un avance pequeño, pero significativo. Lucía respiró hondo y se arrodilló de nuevo, esta vez sin lágrimas, con una serenidad distinta. ¿Puedo acercarme?, preguntó con suavidad, dejando espacio a que los niños decidieran. Santiago no respondió verbalmente, pero relajó un poco los hombros. Matías observó a Emiliano buscando su aprobación. Cuando el niño mayor asintió, Lucía se movió lentamente hacia ellos. No intentó abrazarlos, no intentó presionarlos, simplemente se sentó cerca y habló en voz baja. “Estaremos con ustedes”, dijo.

“No queremos que estén solos.” Las palabras no buscaban respuesta, solo presencia. Matías apoyó la cabeza en el brazo de su hermano y Santiago volvió la mirada hacia Victor como si lo evaluara. No había reconocimiento pleno, pero sí una curiosidad nueva. Victor, viendo que Lucía ganaba un pequeño espacio emocional, decidió no prolongar ese momento con preguntas. Tenía otro frente que atender. El legal. Volveré enseguida, murmuró a Lucía. Necesito empezar el trámite. Ella asintió, entendiendo que era imprescindible. Minutos después, Victor se dirigió al área administrativa del orfanato.

La directora, aún rodeada de cajas, lo recibió con una carpeta en las manos. Esto es todo lo que tengo sobre los niños, dijo. Lamento que sea tan pooco. Victor ojeó los papeles. Como había anticipado, eran documentos incompletos, sin fechas claras ni firmas responsables. Había notas generales, pero nada formal. Lo mínimo necesario para registrar una entrada temporal. Nada más. Con esto no puedo iniciar la custodia directamente, dijo él intentando mantener la compostura. Necesitaré crear un expediente adecuado y reportar su situación.

Puedo elaborar un acta complementaria, respondió la directora. Será mejor que no haya vacíos cuando llegue la supervisión final del cierre. Victor sintió un leve sobresalto. Supervisión. ¿Cuándo será eso? La mujer lo miró con una expresión de preocupación. Se esperaba para la próxima semana. Pero me informaron que podría adelantarse. Quizá en uno o dos días están acelerando todos los cierres pendientes. Ese adelanto abrupto complicaba el panorama. Una inspección formal significaba revisión de documentos, entrevistas y control de cada movimiento.

Y con registros tan incompletos, el riesgo de que los niños fueran derivados nuevamente a un sistema provisional era real. Victor cerró la carpeta con determinación. Necesito iniciar el proceso ahora mismo. La directora asentó. Le prepararé los formularios de declaración para que pueda presentarlos hoy mismo ante la oficina correspondiente. Si logramos dejar constancia de su identidad y parentesco antes de la inspección, será más sencillo. Victor agradeció el gesto. Aunque el lugar estuviera desorganizado, la directora mostraba disposición para corregir el desorden administrativo.

Mientras los documentos se preparaban, Victor volvió con la familia. Encontró a Lucía sentada junto a los gemelos. Ella hablaba despacio, contándoles cosas que no exigían respuesta, solo acompañamiento. Emiliano permanecía cerca, atento a cualquier reacción de los niños. Santiago parecía escuchar más de lo que demostraba. Matías, aunque aún recostado en su hermano, seguía de vez en cuando los movimientos de Lucía con sus ojos grandes y curiosos. Victor se acercó y se sentó en el suelo sin presionar. Tenemos que resolver algunos papeles, explicó.

Nada de eso los alejará de nosotros. Solo es necesario para que todo esté claro. Santiago lo miró sin comprender del todo, pero no retrocedió. Matías respiró hondo y volvió a acomodarse en el brazo de su hermano. Lucía posó una mano en el suelo cerca de ellos, sin tocar a ninguno. “Vamos a quedarnos cerca”, dijo con voz cálida. “No tenemos prisa”. La calma en su tono ayudó a que el ambiente se suavizara. Era evidente que los niños no estaban acostumbrados a que alguien conversara con ellos de esa manera, sin órdenes ni temores.

Victor los observó unos segundos y sintió un impulso de protegerlos que le llenó el pecho. Ese sentimiento lo sostuvo cuando la directora apareció en la puerta del pasillo con un sobre en la mano. “Aquí está todo lo necesario”, anunció. Víctor tomó los documentos. Eran varios formularios, una declaración provisional, un informe del estado del orfanato y un resumen de la situación de los niños. “Voy a presentar esto hoy”, dijo él. “No podemos esperar”. Lucía ascendió. Sabía que esos papeles eran el primer paso hacia la estabilidad.

El trámite no sería sencillo. Al llegar a la oficina correspondiente, Victor notó la larga fila, el ambiente tenso y la enorme cantidad de personas buscando resolver asuntos antes de cierres de año. Aún así, no se retirará. Se quedó de pie con los documentos bajo el brazo y la convicción firme. Cuando llegó su turno, explicó la situación con la mayor claridad posible. La funcionaria, una mujer serena acostumbrada a escuchar historias difíciles, leyó los papeles con detenimiento. “Los documentos del orfanato están muy incompletos”, observó.

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