Un sonido hueco, como un golpe leve contra madera o metal, resonó desde el fondo del pasillo. No fue fuerte, pero sí nítido, lo suficiente para detenerlos en seco. Lucía tomó el brazo de Victor con reflejo instintivo. Victor observó hacia la oscuridad, sin poder distinguir nada. “¿Hay alguien ahí?”, preguntó en voz baja. El eco de su propia voz regresó por el pasillo. Emiliano frunció ligeramente el ceño. No debería haber nadie en esa parte, murmuró. Otro ruido apenas perceptible cruzó el aire.
Un deslizamiento, como si algo se moviera lentamente sobre el piso. Lucía sintió que las piernas le temblaban. Victor dio un paso adelante sin avanzar demasiado, atento al movimiento. El edificio, viejo y silencioso, parecía observarlos desde cada sombra. Y aunque no podían ver a nadie, la sensación era clara. No estaban solos. El pasillo estaba quieto, como si el edificio contuviera el aliento. Después de aquel leve ruido, nadie se movió durante varios segundos. Lucía mantenía la mano en el brazo de Victor mientras él fijaba la mirada en la oscuridad del fondo.
Emiliano, más acostumbrado a esos rincones que cualquier adulto, avanzó un paso con cautela. A veces suenan cosas, susurró. El lugar está viejo. La explicación era lógica, pero no calmó la inquietud. La atmósfera parecía cargada de algo indefinible, una mezcla de abandono y expectativa. Victor inspiró hondo tratando de mantener la claridad. “Sigamos”, dijo finalmente. Lucía asintió y soltó su brazo despacio. Aunque permaneció muy cerca, Emiliano retomó el camino avanzando con pasos silenciosos. La luz que entraba por una ventana quebrada al final del pasillo formaba una línea tenue en el suelo, suficiente para distinguir las paredes descascaradas y el piso en mal estado.
Mientras caminaban, Victor observaba cada detalle: puertas entreabiertas, habitaciones vacías, estantes sin uso. Todo parecía detenido en el tiempo. Le impresionaba pensar que en ese entorno tan distante de cualquier cuidado pudieran estar sus hijos. Una idea lo atravesó de forma repentina, causando un impacto profundo. Si estaban ahí, ¿cuánto tiempo habrían pasado solos? ¿Cómo habrían sobrellevado el miedo o el frío? Era difícil imaginarlo sin que el corazón se agitara. Emiliano se detuvo frente a una puerta estrecha cuyo marco tenía astillas visibles.
“Aquí”, dijo con un tono casi ceremonioso. Victor y Lucía intercambiaron miradas tensas. Habían esperado este momento desde que el niño pronunció aquella frase en el cementerio, pero enfrentarlo tan pronto en un sitio tan inhóspito, removía emociones que no estaban preparados para procesar. Emiliano empujó la puerta con suavidad. El sonido fue leve, pero suficiente para quebrar el silencio absoluto. Dentro había una habitación pequeña, iluminada solo por la luz que entraba desde una ventana lateral sin cortinas. El aire estaba frío.
En el suelo había dos colchones delgados colocados uno junto al otro. En uno de ellos, dos figuras infantiles estaban recostadas muy juntas, como si buscaran protección mutua. La escena se volvió borrosa para Lucía por un instante. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de que su mente pudiera organizar el pensamiento. Eran ellos. Victor sintió que algo dentro de él se desmoronaba. No un derrumbe doloroso como el que había vivido cuando recibió la noticia meses atrás, sino uno completamente distinto, inesperado, inmenso, casi irreal.
Era como si el mundo hubiera cambiado de forma frente a él. Los niños estaban despiertos, aunque tensos. Al escuchar la puerta, uno de ellos se incorporó ligeramente. Tenía el cabello enmarañado y la mirada alerta. casi defensiva. El otro se aferró a su brazo buscando apoyo. Ambos llevaban ropa sencilla, detalles que no correspondían como si alguien se las hubiera dado sin mucha atención. Sus rostros estaban limpios, pero evidentemente cansados. “Está bien”, murmuró Emiliano, avanzando un par de pasos hacia ellos.
No pasa nada, ellos no quieren hacerles daño. Los dos niños reconocieron su voz de inmediato. El que estaba sentado se relajó apenas, aunque no soltó el brazo de su hermano. El otro, más pequeño, levantó la vista y fijó los ojos en Victor y Lucía. Había algo en esas miradas que no necesitaba confirmación. No eran solo rasgos similares, era una conexión profunda, algo que cualquier padre reconocería al instante, una huella que el tiempo no borra. Lucía llevó ambas manos a la boca tratando de contener un soy que estaba a punto de escapar.
Santiago susurró sin poder evitar que la voz temblara. El niño mayor ladeó la cabeza confundido. No reaccionó enseguida. No dio un paso hacia ella, solo observó. Intentando comprender quiénes eran aquellas personas, Victor sintió que las piernas le flaqueaban. Dio un paso al frente, apenas un poco, sin invadir el espacio de los niños. No quería asustarlos, no sabía cómo acercarse sin romper algo delicado. Fue entonces cuando lo vio, en la muñeca del niño menor, entre la ropa que le quedaba grande, había una pulsera hospitalaria, vieja, pero intacta.
El plástico estaba opaco por el desgaste. Pero el nombre estaba allí impreso con claridad, Matías Montes Herrera. Victor llevó una mano al pecho como si necesitara sostenerse para no caer. Todo el aire pareció desaparecer de la habitación. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin previo aviso. Lucía, incapaz de contener más tiempo la emoción, avanzó un paso y luego dudó, sosteniéndose en el marco de la puerta. Quería correr hacia ellos, abrazarlos, besarlos, pero algo dentro le decía que debía actuar con cuidado.
Los niños no los conocían ya. No de la forma en que un recuerdo firme sostiene a un vínculo. Eran rostros nuevos que aparecían en un lugar que nadie más visitaba. Emiliano se acercó y se agachó junto a los dos hermanos. Todo está bien”, dijo suavemente. Ellos los estaban buscando. El niño mayor miró al pequeño como si intentara decidir si debía creer lo que escuchaba. El menor apoyó la cabeza en su hombro buscando seguridad. Victor dio otro paso.
Esta vez Matías se sobresaltó levemente, pero no se alejó. Santiago, en cambio, lo observó con atención. Sus ojos se movían de su rostro a la pulsera, como si intentara entender la reacción intensa que aquel adulto mostraba al verla. “No queremos asustarlos”, dijo Victor con voz entrecortada. “Solo queremos verlos. Están a salvo.” Lucía soltó finalmente un soyo. Se cubrió la boca, pero no pudo contener las lágrimas. Su corazón parecía haber esperado este instante desde que el mundo se les vino abajo meses atrás.
Mi amor”, murmuró. “Son ellos, Ale, son ellos.” Santiago frunció ligeramente el ceño, confundido por la emoción que veía en sus rostros. Los niños no estaban lastimados, pero sí cargaban una tensión acumulada que hablaba de incertidumbre. De noche sin tranquilidad, Matías, aún recostado en su hermano, apretó un poco más el brazo de Santiago. Era evidente que estaban unidos por una confianza profunda, una alianza propia de quienes han dependido el uno del otro en momentos difíciles. Victor dio un paso más despacio.
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