Estudié más que nadie. Mientras mis compañeros festejaban, yo me quedaba en la biblioteca. Mientras ellos dormían, leía con linterna durante los apagones. Y sobresalía, siempre siendo el primero en cada clase.

Se acercaba la graduación. Siete años de perseverancia. El promedio más alto de mi clase. Me tocaba dar el discurso de despedida. Había 300 personas en el auditorio, familias con cámaras, globos y flores. Y mi madre estaba invitada.
Trabajó hasta el último minuto. Un camión de basura se averió en su ruta. Le preocupaba que la despidieran si no se cubría. Insistí en que viniera. Su presencia era lo más importante.
Venía directamente del trabajo, con el uniforme empapado, las botas llenas de tierra, el pelo enmarañado y el olor persistente. La vi, y ella me vio. Esa sonrisa, perdurable y cálida, me había mantenido vivo por dentro durante veinticinco años.
Me acerqué al escenario, micrófono en mano, temblando. Los rostros de quienes se habían burlado de mí durante años me miraban fijamente. Hice una pausa, con el corazón latiendo con fuerza, y luego comencé: «Buenas tardes. Me llamo Daniel Martínez y tengo el honor...».
Tengo el honor de hablar hoy después de siete años de esfuerzo, fracaso, perseverancia y desarrollo. Muchos me preguntan por qué lo logré. ¿Inteligencia? ¿Sacrificio? ¿Trabajo duro? Hay otra verdad detrás de todo esto.
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