“Por pobreza, mis padres me vendieron a un hombre rico… pero lo que ocurrió en nuestra noche de bodas conmocionó a todos”.

Nueve días después, con un vestido pagado por Arturo, Matilda caminó hacia el altar sintiéndose como si estuviera caminando hacia una tumba.

Su primer beso ocurrió en el altar, delante de desconocidos, sin amor.

Esa noche, sus manos temblaron cuando entró en su casa: la casa de un hombre que todavía era un extraño, un hombre al que ahora estaba atada.

Cuando Arturo cerró la puerta del dormitorio, habló en voz baja:

“Matilda… antes de que pase algo esta noche, necesito decirte la verdad”.

Matilda estaba sentada en el borde de la cama, con el vestido de novia tieso en la cintura. La habitación estaba demasiado silenciosa, salvo por el lejano tictac de un reloj sobre la cómoda. Arturo estaba a unos pasos de distancia, con las manos entrelazadas, incapaz de mirarla a los ojos.

—Sé que este matrimonio fue repentino para ti —comenzó con una voz más suave de lo que ella esperaba—. Pero no te traje aquí para hacerte daño.

Matilda permaneció en silencio. No confiaba en su propia voz.

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