Esa noche, después de recoger las flores y apaciguar las risas, nos sentamos todos en la sala, aliviados. El grito que al principio nos aterrorizó se convirtió en una anécdota graciosa de la que nos reiríamos durante años. Mi padre y Larissa durmieron abrazados y, por primera vez en mucho tiempo, la casa volvió a sentirse completa.
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