“Ocho años después de la desaparición de su hija

Su esposo, el Sr. Javier, enfermó por el shock y falleció tres años después. Los vecinos de su barrio, Roma Norte, decían que la Sra. Elena era muy fuerte por seguir adelante sola, atendiendo su pequeña panadería y viviendo aferrada a la esperanza de encontrar a su hija. Para ella, Sofía nunca había muerto.

Ocho años después, una sofocante mañana de abril, la señora Elena estaba sentada a la puerta de su panadería cuando oyó detenerse el motor de una vieja camioneta. Un grupo de jóvenes entró a comprar agua y conchas. Apenas les prestó atención, hasta que se le quedó la mirada congelada. En el brazo derecho de uno de ellos, había un tatuaje del retrato de una niña.

El dibujo era sencillo: solo delineaba un rostro redondo, ojos brillantes y cabello trenzado. Pero para ella, le resultaba inconfundiblemente familiar. Un dolor agudo le atravesó el corazón; le temblaron las manos y casi dejó caer su vaso de agua fría. Era el rostro de su hija: el de Sofía.

Sin poder contenerse, se atrevió a preguntar:

—Hijo mío, este tatuaje… ¿de quién es?

La pregunta quedó suspendida en el aire, temblando entre el ruido de la calle y el aroma del pan recién horneado.

El joven del tatuaje se quedó paralizado. Bajó el brazo lentamente, como si la imagen se le hubiera vuelto demasiado pesada. Miró a la señora Elena a los ojos y, por un instante, algo se quebró en su expresión endurecida. No respondió de inmediato. Sus amigos intercambiaron miradas inquietas.

—Me llamo Daniel —dijo finalmente—. Este tatuaje… es de mi hermana.

La señora Elena sintió que el mundo se tambaleaba. Se apoyó en el marco de la puerta para no desplomarse.

—¿Tu hermana? —susurró—. ¿Cómo se llamaba?

Daniel tragó saliva.

-"Sofía."

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