En las siguientes semanas, mi padre y yo comenzamos a reconstruir nuestra relación, paso a paso. Él dejó la presidencia por motivos de salud, permitiéndome asumir un rol clave en la empresa.
Aprende rápido. Fallé algunas veces. Pero siempre avancé.
Y cada vez que dudaba, recordaba la noche del agua en la cara.
La noche en que todo cambió.
Un día, mientras salíamos del despacho, mi padre me dijo:
“Tu madre estaría orgullosa”.
Sonreí.
Por fin, después de tantos años, pertenecía a mi lugar.
Había recuperado mi familia.
Mi nombre.
Y mi destino.
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