“Hoy cambiará todo”, dijo mientras nos dirigíamos al edificio corporativo del Grupo Herrera.
Al llegar, reconocí a varios directivos que me miraron con sorpresa, otros con respeto silencioso. Algunos incluso con alivio. La tensión en el aire era palpable.
Victoria ya estaba allí, impecable como siempre, pero con una rigidez que traicionaba su nerviosismo. Cuando me vio entrar junto a Alejandro, su sonrisa artificial se quebró.
“¿Qué hace él aquí?” exigió. “Esta es una reunión privada”.
Alejandro la miró con calma. "Diego es accionista mayoritario. Tiene más derecho que nadie a estar aquí".
La mandíbula de Victoria cayó ligeramente.
Mi padre, sentado a la cabecera, parecía confundido, inquieto, vulnerable.
La junta comenzó.
Hablaron de números, pérdidas, decisiones erróneas… todas aprobadas bajo la influencia de Victoria. Ella finga indignación, pero sus ojos iban y venían hacia mí, cada vez más desesperados.
Hasta que Alejandro se levantó.
“Hay algo que todos deben ver”.
Puso en la mesa una serie de correos electrónicos impresos, transferencias sospechosas, contratos alterados. Todos apuntaban a una sola persona:
Victoria Salazar.
Desviando fondos. Manipulando decisiones del señor Herrera. Usando su poder para beneficiar a su familia política.
La sala estalló en murmullos.
Mi padre palideció. “Victoria… ¿es esto cierto?”
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