Cruzamos el pasillo hacia una sala privada del club. Mi padre quiso seguirnos, pero Victoria lo detuvo del brazo con una sonrisa falsa y tensa. “Deja que hablen, cariño”, susurró. Él dudó, pero cedió, como siempre.
Cuando llegamos a la sala, Alejandro cerró la puerta y soltó un suspiro grave.
“Diego… he estado buscándote durante semanas.”
Fruncí el ceño. “¿A mí? ¿Por qué?”
Alejandro se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre grueso, sellado. Lo dejé sobre la mesa entre nosotros.
“Porque esto te pertenece”.
Mi pulso se aceleró. Rompí el sello y saqué una carpeta llena de documentos. Reconocí el logo: Grupo Herrera, la empresa fundada por mi padre hacía más de treinta años.
“Tu padre y yo hemos trabajado juntos mucho tiempo”, dijo Alejandro. “Y hubo decisiones… decisiones que él nunca tuvo el valor de explicarte”.
Lo miré, intrigado y confundido.
“Diego”, continuó, “eres el heredero legal mayoritario del Grupo Herrera”.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. “Eso no puede ser…”
“Sí puede”, afirmó Alejandro. "Tu madre—Dios la tenga en su gloria—firmó un acuerdo con tu padre cuando tú naciste. Él te dejó el 40% de la empresa. Cuando cumpliste 18, debía entregártelo. Pero Victoria... convenció a tu padre de que callarlo sería mejor para todos."
Mis manos temblaban sobre los papeles.
Años de sentirme desplazado, ignorado, invisible…
Todo tenía sentido.
Alejandro se inclinó hacia mí. "La empresa está sufriendo. Victoria está moviendo influencias, presionando a tu padre para decisiones desastrosas. Si no intervenimos, perderemos todo".
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