Le sonreí, esa sonrisa que sé que la desconcierta.
“Esto te va a pesar, Victoria”, dije suavemente. No como amenaza. Como certeza.
Y entonces, como si el destino hubiera estado escuchando, las puertas del salón se abrieron de golpe.
Una voz profunda resonó desde la entrada:
“¿Diego Herrera? ¿Eres tú?”
La gente se giró.
Allí, con traje gris oscuro y puerta imponente, estaba Alejandro Márquez, uno de los empresarios más influyentes de España y principal inversor de la nueva expansión de la empresa de mi padre.
Sus ojos se iluminaron al verme. Camino hacia mí con paso firme.
El rostro de Victoria perdió todo su color.
Alejandro se detuvo a mi lado y, sonriendo ampliamente, abrió los brazos.
"Diego, por fin te encuentro. Tenemos que hablar. Es urgente".
El salón contuvo la respiración.
¿Y si lo que Alejandro estaba a punto de revelar cambiaba todo… incluso más de lo que yo había imaginado?
El murmullo que siguió al saludo de Alejandro fue como una ola que casi derriba a Victoria. Ella retrocedió un paso, aferrándose a la mesa más cercana, incapaz de comprender por qué uno de los hombres más poderosos de España abrazaba al hijo “no deseado” de su marido.
“Vamos a un sitio más tranquilo”, dijo Alejandro, posando una mano firme en mi hombro.
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