Derek miró alrededor del apartamento despoblado: la foto que faltaba, el armario vacío, la ausencia de llaves junto a la puerta. Olivia no se lo había llevado todo. Le había dejado exactamente lo que él había insistido que no era “para tanto” durante años: un lugar donde no se sentía segura.
“Ya elegí”, dijo Derek en voz baja. “Al no detenerte nunca.”
Marjorie farfulló, luego se agudizó. “Tráela de vuelta. Dile que está exagerando…”
Derek colgó.
Por primera vez, el silencio no era la retirada de Olivia. Era su decisión.
En el dormitorio, un sobre esperaba en la mesita de noche. Dentro, una lista titulada LÍMITES QUE SOLICITÉ:
Prohibido entrar a nuestra casa sin permiso
Prohibido usar mi dinero o tarjetas
Prohibido insultos disfrazados de bromas
Prohibida la humillación
Si tu madre se pasa de la raya, abórdalo de inmediato
Al final: Pedí esto durante tres años. Me dijiste que era dramática.
Derek se sentó en la cama, con el papel temblando en las manos. La sorpresa no fue perder a Olivia, sino darse cuenta de la claridad con la que había hablado y de lo deliberadamente que él no la había escuchado.
Dos días después, llegó la orden de protección. Temporal. Real. A Marjorie se le prohibió contactar a Olivia, entrar al apartamento o tocar sus finanzas. Se fijó una fecha para la audiencia.
Derek llamó a Janine Ross una vez. No discutió. Le hizo una pregunta:
"¿Qué aceptaría Olivia como prueba de que hablo en serio?"
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