"Es una madre increíble", dije. "Y su hijo... es especial".
“Estoy segura de que aprecia la ayuda”, respondió mi madre.
Ella nunca volvió a decir el nombre de Anna.
Semanas después, los presenté de todos modos. Un pequeño café. Anna llegó tarde, nerviosa, con su hijo Aaron de la mano. Mi madre la saludó con cortesía, sin calidez.
Ella le hizo una pregunta a Aaron.
"¿Cuál es tu materia favorita?"
"Arte."
Ella puso los ojos en blanco y lo ignoró por el resto de la visita. Cuando llegó la cuenta, solo pagó por ella.
En el coche, Anna dijo en voz baja: "No le gusto".
“Ella no te conoce”, respondí.
“Ella no quiere.”
Dos años después, le dije a mi madre que le había propuesto matrimonio.
—Si te casas con ella —dijo rotundamente—, no vuelvas a pedirme nada. Estás eligiendo esa vida.
Esperé la duda. Nunca llegó.
Así que me fui.
Anna y yo nos casamos con sencillez: guirnaldas de luces, sillas plegables y risas sinceras. Nos mudamos a un pequeño apartamento con cajones pegajosos y un limonero. Aaron pintó su habitación de verde y dejó huellas de manos en la pared.
Un día, en el supermercado, levantó la vista y preguntó: "¿Podemos comprar el cereal de malvavisco, papá?".
Él no se dio cuenta de lo que dijo. Yo sí.
Esa noche lloré, no por pérdida, sino porque la alegría y el dolor finalmente se hicieron lugar el uno para el otro.
Construimos una vida tranquila. Carreras escolares. Turnos de noche. Dibujos animados los sábados. Tazas desparejadas. Calcetines deslizándose por el suelo de la sala.
Mi madre nunca llamó.
Y entonces, una noche, lo hizo.
“Así que ésta es la vida que elegiste.”
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