“¿Y qué? ¿Te vas sin más?”
Papá se encogió de hombros.
Voy a vivir con ella. Me da amor y alegría. No puedo vivir en la tristeza constante.
Mamá no lloró. De alguna manera, eso dolió más.
“¿Y qué pasa con los niños?” pregunté.
Me miró como si estuviera siendo irracional.
Ya son adultos. Ya lo entenderán.
Entonces empacó. Sin abrazos. Sin promesas. Sin plan. La puerta se cerró, y algo dentro de nuestra casa se cerró para siempre.
Después de eso, desapareció.
Sin llamadas. Sin cumpleaños. Sin dinero.
No hay textos preguntando sobre tratamiento.
Nada.
Mamá se desvaneció lentamente. Su voz se suavizó. Sus pasos se hicieron más débiles. Dormí en una silla junto a su cama de hospital mientras Daniel se quedaba en casa con los niños. Una noche, me tomó de la mano.
"Prométeme algo", susurró.
—Lo prometo —dije sin saber aún qué.
No dejen que se lleven a los niños. Manténganlos juntos.
Daniel se paró al otro lado de la cama.
"Lo haremos", dijo. "Lo juro".
Ella sonrió una vez, su última sonrisa.
Días después, estábamos en el tribunal. El juez parecía exhausto. Nosotros también.
“¿Entiendes la responsabilidad que estás asumiendo?”, preguntó.
Daniel asintió.
"Sí."
“Yo también”, dije.
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