"Hay alguien más", continuó con tono seco. "Está embarazada".
Por un segundo, no pude procesar las palabras. Me zumbaban los oídos. Sentía un nudo en el pecho. Lo que más me dolió no fue la traición, sino la calma con la que lo dijo, como si estuviera hablando de una factura atrasada o un cambio de planes.
Una semana después, vinieron todos.
Seis de ellos estaban sentados en la sala de mi casa, la casa que mi madre me había construido.
Adrián.
Mis suegros.
Su hermana y su hermano.
Y la mujer con la que le era infiel: Arriane.
Sin vergüenza. Sin vacilación.
Lilibeth habló primero, con un tono firme y desdeñoso.
“María, lo hecho, hecho está. Está embarazada. Ese niño tiene derechos. Por la paz de todos, deberías hacerte a un lado”.
Entonces intervino la hermana de Adrian.
“Ni siquiera tienes hijos. Él ya los tiene. Sé razonable. Acepta el divorcio para que podamos seguir adelante sin rencor”.
Arriane bajó la cabeza, interpretando su papel con cuidado.
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