Llevó a su amante al funeral de su esposa embarazada… y entonces el abogado abrió el testamento y reveló la verdad

El día del funeral de Lucía Herrera amaneció gris, pesado, como si Madrid contuviera la respiración. Lucía tenía apenas treinta y dos años y estaba embarazada de siete meses cuando un aneurisma fulminante la dejó sin vida en su propia cocina. La noticia sacudió a todos menos a uno: su esposo, Álvaro Montes, un empresario inmobiliario conocido por su sonrisa impecable y sus silencios calculados. Desde el primer momento, algo en su actitud incomodó a la familia de Lucía. No lloró. No tembló. Se limitó a organizarlo todo con una eficacia fría.

La ceremonia avanzaba entre murmullos y coronas de flores cuando las puertas del tanatorio se abrieron de nuevo. Álvaro entró del brazo de una mujer joven, elegante, con un vestido negro ajustado que no disimulaba su seguridad. Algunos la reconocieron de inmediato: Clara Rivas, su asistente personal. Otros, los más cercanos a Lucía, entendieron al instante lo que nadie se atrevía a decir en voz alta. Álvaro no solo había traído a otra mujer al funeral de su esposa embarazada; la presentó con un gesto posesivo, como si ya no hubiera nada que ocultar.

La madre de Lucía se llevó la mano al pecho. Su hermano Javier apretó los puños. El murmullo se volvió indignación contenida. Clara, lejos de mostrarse incómoda, recorrió la sala con la mirada alta, ignorando el ataúd blanco donde yacía Lucía junto a la vida que no llegó a nacer. Álvaro se sentó en primera fila, con Clara a su lado, y susurró algo que la hizo sonreír.

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