La vejez suele acercarse sigilosamente. Los días se alargan, los ruidos disminuyen y el silencio se impone cada vez más. Para muchas personas mayores que viven en el corazón de la sociedad pero se sienten invisibles, la soledad se convierte en uno de sus mayores desafíos. Este sentimiento pesa mucho en la vida diaria, especialmente cuando el contacto familiar se vuelve menos frecuente y cesan las visitas o las llamadas telefónicas.
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Lenie (95) tiene tres hijos, pero ya nadie la visita
. A sus 95 años, Lenie pasa la mayor parte de sus días sola. Tuvo cuatro hijos, pero uno de ellos falleció. Los otros tres siguen vivos, pero apenas forman parte de su vida diaria. Simplemente "no tienen tiempo", escucha Lenie a menudo. Su historia fue retomada por Omroep West y aborda un problema doloroso que muchas personas mayores conocen: la soledad.
Una pérdida que perdura .
Hace más de treinta años, Lenie perdió a su hijo por ELA. Tenía solo 37 años. Habla de ello con calma, casi con naturalidad. "Se está recaudando mucho dinero para detener la enfermedad", dice. "Es demasiado tarde para mi hijo, pero espero que no para los demás".
Aunque elige sus palabras con cuidado, el dolor aún es palpable. La pérdida de su hijo no es lo único: el contacto con sus otros hijos también ha desaparecido casi por completo. Las visitas son escasas y las llamadas telefónicas a menudo no llegan.
Días que parecen interminables
. Como resultado, sus días transcurren lentos y tranquilos. A veces, Lenie no ve a nadie durante horas. Mira por la ventana y espera. «Si hace buen tiempo, quizá pasen corriendo algunos niños», dice. «Y si no, no pasa nada. Es un silencio increíble».
Es precisamente este vacío lo que hace que los pequeños acontecimientos sean significativos. Un pájaro en un árbol, alguien que pasa por allí: esos son los momentos en torno a los cuales gira su día. Pero el silencio le pasa factura. «Te destruye poco a poco», dice, con voz visiblemente conmovida. La falta de atención y cercanía pesa mucho. «No tienes que llorar en mi funeral después», añade. «Que lo hagan ahora».
Una vecina que marca la diferencia. Por suerte, está Desiree, su vecina. Cuando pasea a su perro, siempre saluda con la mano y se detiene a menudo para charlar. Sin que Lenie lo supiera, Desiree también la vigilaba, algo que al final
resultó vital.
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