Le di mi abrigo de invierno a una madre y a su bebé que estaban muriendo de frío; una semana después, dos hombres de traje llamaron a mi puerta y me dijeron: "No se saldrán con la suya con esto".

Al separarse, ella abrazó el abrigo como si fuera un tesoro. Un simple y sincero "gracias", y se fue. De camino a casa,  Jean  sintió una extraña sensación de paz, como una silenciosa aprobación desde algún lugar. Pensó que era el final de este interludio.
Pero a veces la vida alarga las historias.

Una visita inesperada que lo cambia todo

Una semana después, llamaron con firmeza a la puerta. Dos hombres de traje, serios, casi solemnes. Con el corazón latiéndole con fuerza,  Jean  los dejó entrar. Hablaron del abrigo, de la mujer, del bebé.
Entonces salió a la luz la verdad: la joven madre estaba hospitalizada, agotada, debilitada por el frío y la falta de comida. Los médicos fueron claros: sin ese abrigo, el desenlace podría haber sido muy diferente.

La bondad que trasciende el tiempo

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