El muelle de Ensenada amaneció bajo un manto de niebla pálida, el mar oculto tras una cortina gris.
Las tablas estaban resbaladizas por la humedad, crujiendo suavemente con el paso del tiempo. No había turistas, ni música, ni risas; solo silencio y el lejano graznido de una gaviota solitaria surcando la mañana.
En un banco cerca del borde estaba sentado un hombre mayor.
Su postura seguía siendo disciplinada, casi militar, a pesar de que el tiempo le había robado gran parte de su fuerza. Se llamaba Don Ernesto Salgado, y sus manos —arrugadas, cicatrizadas, firmes— descansaban tranquilas sobre sus rodillas, como si recordaran cómo sostener un peso mucho mayor que el de los años.
Presionado contra él había un pastor alemán.
El perro yacía cerca, con el cuerpo alineado con la pierna del anciano, respirando lenta y uniformemente. Sin correa. Sin placa visible. Sin embargo, no había nada extraño en él. Sus ojos reflejaban algo más profundo que el entrenamiento: algo moldeado por el miedo, la lealtad y la memoria.
Don Ernesto pasó sus dedos temblorosos por el pelaje del perro.
—Estás a salvo ahora —murmuró en voz baja—.
No sé por qué... pero lo estás.
El perro cerró los ojos, sólo por un momento, como si esas palabras hubieran abierto un lugar que había estado buscando sin conocer.
Entonces el silencio se hizo añicos.
Sonó una sirena.
Luego otra.
El sonido atravesó la niebla, agudo y repentino. Unas botas pesadas golpearon la madera mojada. Las radios crepitaron. Las voces se superpusieron.
—¡Allá atrás, junto a los bancos! —gritó alguien.
Don Ernesto miró hacia arriba sobresaltado.
A través de la niebla emergieron figuras: policías municipales formando un amplio arco, dos patrullas estacionadas en la entrada del muelle. Delante, una mujer con traje gris, el pelo recogido, la mirada fija y sin pestañear.
Comandante Valeria Robles, jefa de la unidad K9.
Se detuvo a varios metros de distancia, con la mirada fija no en el hombre, sino en el perro.
“Ahí está…” dijo en voz baja, casi para sí misma.
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