“Hablaré con ella”, prometió. Isabel recibió la noticia con sorprendente calma. “Sabía que este día llegaría”, dijo alisando nerviosamente las sábanas del hospital. “¿Cómo me veo? Estoy tan delgada. Te ves hermosa, mamá”, respondió Sofía, conmovida por la repentina vanidad de su madre. “¿Estás segura de que quieres verlo?” Isabel asintió. Han pasado 26 años, pero hay conversaciones pendientes, preguntas sin responder. Es hora de cerrar ese capítulo. El encuentro se programó para el día siguiente. Fernando llegó puntual con un ramo de girasoles que hizo que Isabel sonriera con nostalgia.
Recordaste”, murmuró ella. “Nunca olvidé”, respondió él. Sofía decidió darles privacidad esperando en el pasillo mientras el pasado y el presente se reconciliaban en aquella habitación de hospital. Podía ver a través de la ventana cómo hablaban. Primero con tensión, luego con creciente comodidad. En un momento, Isabel lloró y Fernando tomó su mano. Algo se liberó entonces en el pecho de Sofía, como si un nudo que no sabía que tenía comenzara a deshacerse. Cuando Fernando salió, sus ojos también estaban húmedos.
“Tu madre es una mujer extraordinaria”, dijo con voz ronca. “Siempre lo fue. Lo sé. Me ha contado todo lo que han pasado juntas, todo lo que te has sacrificado por ella.” Fernando la miró con una mezcla de orgullo y tristeza. Eres increíble, Sofía. Lamento no haber estado ahí para verlo. Algo en sus palabras, en la sinceridad cruda de su arrepentimiento, alcanzó un lugar profundo en Sofía. Todavía está a tiempo. Se encontró diciendo, “Para conocerme, para que yo lo conozca a usted.” Fernando sonrió.
Una sonrisa genuina que transformó su rostro severo. Me gustaría eso más que nada en el mundo. El sexto día, el laboratorio llamó. Los resultados estaban listos. Un día antes de lo previsto, Fernando y Sofía acordaron recogerlos juntos a la mañana siguiente. Esa noche, mientras Sofía se preparaba para dormir, recibió una llamada de un número desconocido. Señorita Méndez. La voz al otro lado era profesional, anónima. Habla el Dr. Ramírez del laboratorio médico. Tengo entendido que mañana recogerá los resultados de su prueba de ADN.
Así es. confirmó Sofía, confundida por la llamada a esa hora. Pensé que querría saber los resultados con anticipación”, continuó el hombre, especialmente considerando quién más ha solicitado una copia. ¿Qué quiere decir? La señora Arteaga vino esta tarde. Exigió ver los resultados inmediatamente. Hizo una pausa. No se los mostré, por supuesto, pero parecía bastante determinada. Sofía sintió un escalofrío. “¿Cree que intentará algo? No lo sé, pero pensé que debería estar preparada”, respondió el médico. “Por cierto, el resultado es positivo.
99,9% de compatibilidad. Felicidades, supongo.” Cuando la llamada terminó, Sofía permaneció inmóvil en la oscuridad de su habitación. Oficialmente era la hija de Fernando Arteaga y Verónica lo sabía o lo sabría muy pronto. La guerra estaba a punto de comenzar. La mañana amaneció con una llovisna fina sobre Ciudad de México, como si el cielo mismo presintiera la tormenta que estaba por desatarse. Sofía llegó temprano al laboratorio, pero Fernando ya estaba allí esperándola bajo el toldo de la entrada.
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