Una mujer sin marido, sin hijos, sin familia que la protegiera, con tiempo libre entre un parto y otro. En los cálculos fríos de los hombres del pueblo, ella era la candidata perfecta para un trabajo que nadie más querría. Paloma Herrera podría hacerlo”, sugirió don Fernando con una sonrisa cruel que ella reconoció inmediatamente.
Después de todo, ya no tiene otras responsabilidades que la mantengan ocupada. Las risitas ahogadas de algunas mujeres fueron como bofetadas invisibles que la golpearon una tras otra. El alcalde asintió como si acabara de resolver un problema complejo. Es una excelente idea.
Paloma es una mujer educada, conoce de medicina y tiene tiempo disponible. Además, si algo sale mal, no estaremos poniendo en riesgo a ninguna familia importante del pueblo. Paloma sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor. Una vez más, estaba siendo utilizada para resolver los problemas de otros, asignada a una tarea que nadie más quería porque su vida era considerada menos valiosa que la de cualquier mujer casada con hijos.
Pero cuando vio las sonrisas satisfechas de Fernando y de los otros hombres del pueblo, algo se encendió en su interior. Una chispa de rebelión que llevaba años dormida. Acepto, declaró con voz clara que sorprendió a todos los presentes, incluyéndose a ella misma. Me haré cargo del prisionero Apache.
No sabía que con esas palabras acababa de sellar un destino que la llevaría hacia la felicidad más inesperada de su vida. Esa noche, mientras preparaba su pequeña casa para recibir a un huésped que nadie había visto, pero que todos temían, Paloma no podía imaginar que estaba a punto de conocer al hombre que no solo cambiaría su vida, sino que despertaría en su cuerpo la capacidad de crear vida que todos habían dado por perdida para siempre.
La mañana siguiente amaneció con un cielo plomizo que parecía presagiar tormenta, pero nada había preparado a Paloma para la tormenta emocional que estaba a punto de desatarse en su vida. Los soldados llegaron temprano antes de que el pueblo despertara completamente, arrastrando cadenas que resonaban contra las piedras como lamentos metálicos. El prisionero Apache caminaba entre ellos con una dignidad que contrastaba brutalmente con su condición de cautivo.
Cuando Paloma lo vio por primera vez, sintió como si el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones. Aana era un hombre de 32 años, alto y de complexión atlética, que hablaba de años corriendo libre por las montañas. Su piel bronceada por el sol del desierto tenía cicatrices que contaban historias de batallas y supervivencia, pero era su rostro lo que la dejó sin palabras.
Facciones nobles enmarcadas por cabello negro que le llegaba hasta los hombros y unos ojos oscuros que parecían ver directamente a través del alma de quienes lo miraban. Pero lo que más la impactó no fue su apariencia física, sino la forma en que caminaba. A pesar de las cadenas, a pesar de estar rodeado de enemigos armados, Aana se movía como si fuera él quien tuviera el control de la situación.
No había rastro de derrota en su postura, ninguna señal de que su espíritu hubiera sido quebrado por la captura. Era como ver a un águila enjaulada que seguía siendo rey del cielo en su corazón. Este es su problema ahora, anunció el capitán Moreno mientras empujaba al prisionero hacia la pequeña casa de Paloma. tiene órdenes de mantenerlo vivo y domesticado.
Si causa problemas, si intenta escapar, si siquiera la mira mal, nos avisa inmediatamente. Sus palabras llevaban una amenaza apenas velada que hizo que la piel de paloma se erizara. Aana levantó la vista hacia ella por primera vez y cuando sus ojos se encontraron, Paloma sintió una descarga eléctrica que la recorrió de pies a cabeza. No era atracción, al menos no todavía.
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