Hoy, Armero se ha convertido en un lugar de memoria, visitado con respeto. La gente recuerda a las familias, los barrios y la vida que existía antes del desastre. La historia de Omayra, mientras tanto, sigue contándose en libros, canciones y testimonios, no para impactar, sino para recordarnos lo esencial: la dignidad humana, la solidaridad y la necesidad de escuchar las advertencias.
Recordar a Armero es elegir la vigilancia y la empatía, para que la historia no se repita.
