En mi boda, mi hermana me agarró la muñeca y me susurró: «Empuja el pastel… ahora». Y cuando miré sus manos temblorosas y luego los ojos fríos de mi marido, me di cuenta de que el hombre con el que me acababa de casar ocultaba una verdad que yo nunca debí ver.

Esa mañana, descalzo sobre la arena, con una manta sobre los hombros y ceniza a los pies, por fin entendí:

No lo había perdido todo.

Había ganado lo que más importaba:
la verdad,
y una hermana que se abriría paso a través de una habitación llena de gente
solo para llevarme de regreso a la luz.

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