Tres meses después, la mansión ya no olía a antiséptico. Olía a comida, flores y vida. Leo pateaba un balón de fútbol por el jardín, con el pelo suelto al viento; la pequeña cicatriz en el cuero cabelludo era el único signo de su terrible experiencia.
María lo observó con una suave sonrisa, sabiendo que había ayudado a restaurar no sólo la salud de un niño, sino la humanidad de una familia.
Y Roberto entendió algo que nunca había aprendido en los negocios:
A veces la mayor curación no proviene de las máquinas ni del dinero, sino de un par de manos cariñosas y un corazón que ve lo que otros pasan por alto.
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