El bebé del multimillonario no paraba de llorar en el avión, hasta que un niño negro hizo lo impensable.

Henry levantó la vista sorprendido. Frente a él había un adolescente negro, de no más de dieciséis años, con una mochila desgastada y ropa sencilla. Sus zapatillas eran viejas, pero sus ojos reflejaban una profunda serenidad. Un murmullo recorrió la cabaña: ¿quién era este chico y qué podía hacer?

“Me llamo Mason”, dijo el joven. “He cuidado de mi hermanita desde que nació. Sé cómo calmar a un bebé… si me dejas intentarlo”.

Henry dudó. Todo su ser quería mantener el control.

Pero el llanto de Nora le traspasó el alma. Lentamente, asintió.

Mason se acercó con cuidado y habló muy suavemente:

“Shh, pequeña… está bien”, y comenzó a mecerla suavemente, tarareando una suave melodía.

Ocurrió un milagro.

En cuestión de minutos, el llanto cesó.

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