La detective deslizó una fotografía sobre la mesa: el vasito de mi hijo, recuperado del vehículo.
El análisis toxicológico mostraba rastros de sedante.
—Lo drogaron —dijo con voz baja—. Tu hijo ya estaba inconsciente antes del choque.
Me cubrí la boca, temblando.
—Y hay más. El GPS del auto indica que se dirigían hacia un acantilado en la costa… una zona conocida por accidentes “simulados”. Si el coche hubiera caído, nadie habría dudado del resultado.
Negué con la cabeza, incapaz de aceptar lo evidente.
—¿Por qué? ¿Por qué harían algo así?
La detective colocó un último documento frente a mí: un formulario de cambio de beneficiario de mi seguro de vida, aún sin firmar, nombrando a Daniel como único beneficiario.
—Planeaban eliminarte por completo —explicó—. Tus bienes, la custodia de Mateo, la herencia… falsificaron documentos a tu nombre. En la casa de tu hermana encontramos hojas con tu firma practicada. Sofía… esto fue premeditado.
Todo mi cuerpo quedó vacío.
—¿Desde cuándo… desde cuándo planeaban esto?
—Meses. Tal vez más.
Antes de que pudiera responder, alguien tocó la puerta. El doctor Álvaro Cruz entró, serio pero con esperanza.
—Sofía… Mateo salió de cirugía. Está estable.
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