Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.

Los minutos se volvieron eternos hasta que escuché las sirenas afuera del hospital. Dos policías y una detective entraron con paso firme. El doctor Cruz se acercó primero y murmuró algo que no alcancé a escuchar. Luego, la detective se volvió hacia mí.

—¿Señora Ramírez? Soy la detective Fernanda Salgado. Necesitamos hablar en privado.

Mi corazón latía con violencia.

—¿Qué les pasó? Por favor… dígame que mi hijo va a estar bien.

—Estamos haciendo todo lo posible —respondió con suavidad—. Pero antes necesito confirmar algunos datos. Esto… puede que no haya sido un accidente.

Sus palabras me atravesaron como hielo.

La seguí hacia el consultorio, cada paso más pesado que el anterior.

Justo antes de entrar, una enfermera salió corriendo del área de choque gritando desesperadamente por el equipo quirúrgico.

Algo había salido mal.

Y la pesadilla apenas estaba comenzando…

La detective Fernanda Salgado cerró la puerta del consultorio detrás de nosotras. La luz fluorescente parpadeaba levemente sobre nuestras cabezas, llenando el cuarto de una frialdad que coincidía con el nudo en mi pecho. Lucía se sentó a mi lado, apretando mi mano temblorosa mientras la detective colocaba varios documentos sobre la mesa.

Sofía —comenzó con cautela—, lo que voy a decirte puede ser abrumador, pero necesitamos tu cooperación.

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