Antes de que pudiera reaccionar, Camila le soltó el brazo bruscamente.
¿No se suponía que eras vicepresidente? ¿Fue todo mentira?
Ella se giró y se fue, sus tacones haciendo clic como golpes de martillo en el orgullo destrozado de Alejandro.
Mariana pasó junto a él.
Ella no lo miró.
Sólo dejó una frase flotando en el aire, suave como el viento:
“Gracias… por dejarme ir ese día.”
Alejandro permaneció inmóvil en medio del vestíbulo, rodeado de lujo, destellos y susurros, atrapado en una realidad que nunca imaginó que enfrentaría.
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