Después de 5 años cuidando a mi esposa paralizada, un día olvidé mi billetera en casa. En cuanto abrí la puerta... lo que vi me hizo caer de rodillas.

Sabía que cuidar a alguien paralizado es un camino largo y solitario: no todos tienen la fuerza para recorrerlo contigo.

La vida se volvió rutinaria, lenta y dolorosa, hasta que llegó ese día.

Esteban Iba camino a una reparación cuando de repente recordó que había dejado su billetera en casa.

Dentro había documentos importantes, dinero en efectivo y un recibo que debía entregar. Se dio la vuelta, pensando que solo entraría un momento.

Pero cuando abrió la puerta… se quedó congelado.

La luz del atardecer entraba a través de la pequeña ventana, iluminando la escena… y con ella, destruyendo todo su mundo.

En la cama donde Sofía había permanecido cinco años, había dos personas. No solo Sofía, sino también un hombre, sentado a su lado. Alto, con camisa blanca y pantalones beige. Su rostro le resultaba vagamente familiar. Reconoció al instante al fisioterapeuta que contrataba una vez por semana para que la ayudara.

Pero lo que más le impactó no fue él... fue ella.

Sofía estaba sentada. Erguida. Sin ayuda.

Y sus manos… estaban entrelazadas con las del fisioterapeuta, temblorosas, como si sostuvieran algo frágil… e intenso.

—Sofía... —murmuró Esteban, con las piernas temblorosas. Su voz era apenas un susurro. Su cuerpo, inerte.

 

Ambos se voltearon. Sofía abrió mucho los ojos, pálida. El hombre retiró las manos rápidamente y se levantó como un niño al que pillan robando dulces.

Esteban no gritó. No maldijo. No golpeó a nadie. Simplemente se quedó allí, con los ojos llenos de mil emociones.

“¿Cuánto tiempo… cuánto tiempo llevas pudiendo caminar?”

Sofía bajó la mirada. Tras unos segundos de silencio, respondió en un susurro:

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.