Durante cinco largos años, pasé más tiempo junto a la cama de mi esposa en el hospital que junto a la mía. La alimentaba con cuchara, le cambiaba las vendas, le secaba hasta la última gota de sudor. Me llamaban estúpido, pero yo creía en el sagrado vínculo del matrimonio. Hasta que una tarde, olvidé mi bolso en casa y llegué antes de lo habitual. En cuanto abrí la puerta de nuestra habitación... me quedé paralizado. El mundo que había protegido durante años se derrumbó en un instante.
Esteban, un hombre de unos treinta años, tenía una complexión delgada pero fuerte y un rostro que parecía mayor de lo que era.
Vivía con su esposa, Sofía, en una modesta casa de un piso en las afueras de Guadalajara.
Ambos eran maestros de escuela primaria y llevaban una vida tranquila y sencilla: no eran ricos, pero estaban contentos.
Su historia de amor era algo que muchos a su alrededor admiraban.
Entonces, una tarde de invierno, ocurrió la tragedia.
Sofía sufrió un accidente automovilístico cuando salía del mercado a hacer compras para el Día de Muertos.
Una lesión en la columna la dejó paralizada de la cintura para abajo.
Esteban estaba dando clases cuando recibió la llamada del hospital.
Corrió sin pensar, y cuando la vio, se le rompió el corazón: su alegre y vibrante esposa yacía inmóvil, con los ojos llenos de lágrimas, incapaz de hablar.
A partir de ese día, Esteban se tomó una licencia prolongada.
Él cuidó de Sofía, se encargó de todo: alimentarla, bañarla y darle fisioterapia en casa.
Su pequeña casa se convirtió en una sala médica improvisada, llena de medicamentos, gasas y otros auxilios.
Algunos sugirieron internarla en una residencia de ancianos especializada, pero él se negó.
Es mi esposa. Yo la cuidaré. Nadie más.
Todas las mañanas, se levantaba antes del amanecer para cocinarle su atolito, alimentarla y luego salía a hacer reparaciones eléctricas en su casa.
Por la noche, se sentaba junto a su cama, le leía y le masajeaba las extremidades con la esperanza de reactivar sus nervios. La primera vez que movió un dedo, Esteban lloró como un niño.
Sofía apenas hablaba. Vivía en silencio, a veces asintiendo o llorando suavemente.
Esteban interpretó ese silencio como desesperanza… pero también como gratitud. Nunca dudó de ella. Solo sintió compasión.
Al principio, familiares de ambos lados los visitaron y les ofrecieron ayuda.
Pero con el tiempo, la vida los distanció. Las visitas se volvieron escasas. Esteban no los culpaba.
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