La señora Gloria lo arrebató y lo leyó con pánico. Lo leyó una, dos, tres veces. La verdad la golpeó con tanta fuerza que se tambaleó hacia atrás y se dejó caer en el sofá. Su rostro, antes rojo de ira, estaba ahora pálido como el de un cadáver. Toda la narrativa de su vida se derrumbó en un instante. No era la gran dama de la casa de su hijo, era simplemente una inquilina, una parásita, que vivía de la generosidad de la nuera a la que tanto había despreciado.
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