Mientras Daniel reía con sus compañeros, subí las escaleras con el corazón en un puño. Abrí el cajón donde guardaba los archivos: sus cuentas de inversión secretas, las que creía que yo desconocía. Lo copié todo en una memoria USB, me la metí en el sostén y bajé justo cuando llegaba el postre.
Para cuando Daniel levantó una copa para brindar por "mi maravillosa esposa", yo sonreía dulcemente. Él aún no lo sabía, pero el suelo ya se había movido bajo sus pies.
Amanecer y una decisión
A la mañana siguiente, Daniel se despertó satisfecho y deshidratado, sin saber que su doble fondo de finanzas ahora residía en mi portátil. Durante años, me había mantenido dependiente: sin cuenta bancaria aparte, sin carrera, solo como "su pequeña ama de casa". Esa memoria USB se sentía como una llave girando en una puerta cerrada desde hacía tiempo
